16 de mayo de 2011
Uno de los fundamentos de un Gobernante para avanzar en la democracia es que sea tolerante, debe entender que es una exigencia ciudadana, pero si no lo hace, se interpreta como el intento de mantener un gobierno autoritario y eso demuestra que su origen es del pasado.
Esto se percibe, porque insiste en cooptar o desacreditar a quien critica sus decisiones y acciones, pero más le incomoda que se revele el manejo de su gobierno porque lo muestra.
Se siente cómodo al halago y no al señalamiento del error o la acción indebida, intenta aparentar que todo está bien y anhela que se crea lo que dice, pero la sociedad se da cuenta y descubre la intención, y cada vez cree menos en la elocuencia y la mano al corazón.
La intolerancia se manifiesta como una reacción ante la falta de objetivos claros y que rehúye a aceptar, por eso opta en distraer lo que corresponde esclarecer.
Se decide por el adorno constante y cacareo cotidiano haciéndolo pasar como relevante, porque cree que su discurso hechiza al ciudadano, cuando debería comprender que solo los resultados determinan el panorama.
Debe aceptar y entender la exigencia y crítica como componente que nutre y equilibra, que actúa como controlador de ímpetus y contribuye a que el autoritarismo no prevalezca.
Optar por el análisis y la sagacidad al pensamiento diferente, al no hacerlo solo demuestra intransigencia y poca voluntad a corregir.
Servir a todos y bien, concebir que los recursos manejados son de la sociedad y no debe usarlos de manera equívoca y discrecional; si quiere ganar credibilidad debe mostrar transparencia, rendición de cuentas y ecuanimidad con el pueblo.
Porque el ciudadano está fastidiado de que el gobernante sea lo que es, y quiere que sea lo que debe ser.